El estrés sostenido no solo afecta el estado de ánimo. También puede generar cambios en distintas funciones del organismo a través de una compleja red de comunicación entre el cerebro y el cuerpo. En ese mecanismo, el nervio vago cumple un papel fundamental.
Esta estructura nerviosa se extiende desde el tronco encefálico hacia el cuello, el tórax y el abdomen. Forma parte del sistema nervioso parasimpático, encargado de favorecer los procesos asociados con el descanso y la recuperación.
El nervio vago interviene en la regulación de funciones involuntarias como la frecuencia cardíaca, la respiración y la digestión. También participa en determinadas respuestas del sistema inmunitario.
Cuando una persona atraviesa una situación de amenaza o tensión, el organismo activa mecanismos de alerta. El corazón puede acelerarse, la respiración modificarse y la actividad digestiva disminuir temporalmente. Una vez que el estímulo desaparece, el sistema parasimpático contribuye a que el cuerpo vuelva progresivamente a un estado de reposo.
La exposición prolongada al estrés puede dificultar esa transición entre activación y relajación. En lugar de regresar rápidamente a un estado de calma, el organismo puede permanecer durante más tiempo en un nivel elevado de activación fisiológica.
Esta situación puede estar acompañada por diferentes manifestaciones físicas y cognitivas. Entre ellas aparecen molestias abdominales, hinchazón, reflujo, náuseas, mareos, dolores de cabeza, dificultades para concentrarse y sensación de agotamiento mental.
La conexión entre el cerebro y el organismo es bidireccional. Una parte importante de las fibras del nervio vago transmite información desde distintos órganos hacia el cerebro, mientras que otras llevan señales desde el cerebro hacia el cuerpo.
Por ese motivo, modificaciones en funciones como la actividad intestinal, la frecuencia cardíaca o determinados procesos inflamatorios pueden relacionarse con la forma en que el organismo responde al estrés.
Algunas prácticas pueden contribuir a reducir la activación fisiológica asociada con el estrés. Entre ellas se encuentran la actividad física, las técnicas de relajación, la meditación y determinados ejercicios de respiración.
La respiración lenta y profunda, especialmente cuando involucra el diafragma, ha sido estudiada por su posible relación con una mejor regulación del sistema nervioso autónomo. Este tipo de respiración puede favorecer una disminución de la frecuencia cardíaca y facilitar la recuperación después de situaciones de tensión.
El ejercicio regular también aparece asociado con una mejor capacidad de regulación autonómica. La actividad física puede ayudar a reducir el estrés y favorecer el equilibrio entre los mecanismos responsables de la activación y aquellos vinculados con el descanso.
Otras prácticas, como el yoga y el tai chi, también fueron estudiadas por sus posibles efectos sobre la respuesta fisiológica al estrés.
La estimulación del nervio vago es otra de las áreas que despierta interés científico. Algunas investigaciones analizaron técnicas de estimulación auricular transcutánea como posibles herramientas terapéuticas.
Sin embargo, los especialistas advierten que todavía existen interrogantes sobre sus mecanismos, sus indicaciones y la manera más adecuada de aplicarlas. La evidencia disponible aún no permite considerarlas una solución universal para los problemas relacionados con el estrés.
Por ahora, las estrategias con mayor presencia en las recomendaciones generales son aquellas destinadas a reducir la carga de estrés y mantener hábitos saludables: realizar actividad física de acuerdo con las posibilidades de cada persona, mantener una alimentación equilibrada y practicar técnicas de relajación.
El vínculo entre cerebro y cuerpo demuestra que el estrés sostenido puede tener consecuencias que van más allá de lo emocional. La regulación del sistema nervioso autónomo permite entender cómo una experiencia psicológica puede acompañarse de cambios en la digestión, el ritmo cardíaco, la respiración y otros procesos corporales.
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