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La escalada en Medio Oriente volvió a poner en el centro de la escena el poder militar de Irán y, especialmente, su estrategia de guerra asimétrica. Lejos de depender exclusivamente de armamento de alta sofisticación, Teherán ha desarrollado una doctrina basada en la saturación de defensas, combinando volumen de ataque, bajo costo de producción y dispersión territorial.

Uno de los símbolos de esta estrategia es el dron kamikaze Shahed-136. Se trata de un sistema relativamente económico, ensamblado con componentes comerciales, capaz de producirse en grandes cantidades. Su verdadero impacto no radica en el daño individual que puede causar, sino en el desequilibrio económico que genera: cada dron derribado obliga al defensor a utilizar misiles interceptores cuyo costo puede multiplicar varias veces el valor del aparato atacado.

Misiles balísticos y crucero

El arsenal iraní no se limita a los drones. Los misiles balísticos ocupan un rol central en su esquema de disuasión. Lanzados en trayectorias parabólicas que alcanzan gran altitud antes de descender a gran velocidad, representan un desafío considerable para los sistemas antimisiles modernos. La lógica es clara: lanzar múltiples proyectiles para forzar la saturación del escudo defensivo.

A esto se suman los misiles crucero y antibuque, que vuelan a baja altura y pueden esquivar radares convencionales. La combinación de trayectorias, velocidades y perfiles obliga a las defensas a dividir su atención, aumentando las probabilidades de penetración.

Producción descentralizada y lanzadores móviles

Una de las fortalezas menos visibles del sistema iraní es la dispersión. Los lanzadores móviles —camiones capaces de transportar y disparar drones o misiles— se desplazan por el territorio, dificultando su detección y destrucción preventiva. Además, la producción de drones puede realizarse en instalaciones pequeñas y descentralizadas, lo que complica cualquier intento de embargo total o neutralización masiva.

Esta estructura le permite a Irán sostener operaciones incluso bajo presión militar intensa, manteniendo activa su capacidad ofensiva aun frente a ataques contra su infraestructura.

El factor estratégico del Estrecho de Ormuz

Más allá del plano estrictamente militar, el control del Estrecho de Ormuz le otorga a Irán una herramienta de presión económica global. Por ese corredor marítimo circula una parte sustancial del petróleo y del gas natural licuado que abastece a Asia y Europa. Cualquier amenaza a la navegación en la zona impacta directamente en los mercados energéticos internacionales.

Una guerra de desgaste

La doctrina iraní desafía la lógica tradicional de la superioridad tecnológica occidental. La clave ya no es únicamente quién posee el sistema más avanzado, sino quién puede sostener la presión durante más tiempo.

La combinación de drones de bajo costo, misiles balísticos y crucero, junto con una red de producción y despliegue descentralizada, configura un esquema pensado para el desgaste prolongado. En un escenario de alta tensión regional, la saturación y la asimetría se convierten en las principales armas estratégicas.

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