La historia de la galleta de piso en Saladillo no es solo la de un panificado tradicional, sino también la de una costumbre que logró atravesar generaciones y mantenerse viva como parte de la identidad de toda una comunidad.
Su origen se remonta a 1912, con la panadería La Estrella, donde este producto comenzó a elaborarse de manera artesanal aprovechando el calor residual del horno de barro, una vez terminada la cocción del pan del día. Esa técnica le dio una característica distintiva: una base firme y crocante por el contacto directo con el piso del horno, junto a una miga húmeda y esponjosa que le permitía conservarse durante más tiempo.
Con el correr de los años, la galleta de piso pasó a ocupar un lugar fundamental en la vida cotidiana, especialmente para las familias del campo, que necesitaban una panificación rendidora y duradera para varios días.
Uno de los hitos que marcó esta historia ocurrió en 1918, cuando desde Saladillo enviaron una lata con galletas a un concurso internacional en Milán, Italia. El producto obtuvo allí el Primer Premio Mundial y la medalla de oro, un reconocimiento que quedó reflejado en un diploma y una medalla que durante décadas permanecieron exhibidos en la panadería como símbolo de aquel logro.
Con el tiempo, ese recuerdo familiar se transformó en patrimonio colectivo. La tradición fue recuperada y puesta en valor hasta convertirse en el eje de la Fiesta de la Galleta de Piso, una celebración que desde hace algunos años convoca a panaderos, emprendedores, instituciones y visitantes.
Durante esta edición, que se desarrolla este fin de semana, Saladillo vuelve a rendir homenaje a una elaboración que nació como una necesidad práctica y terminó convertida en emblema cultural del pueblo.
La galleta de piso, con su proceso lento y artesanal, representa hoy mucho más que una receta: es una herencia que une pasado y presente, y que sigue encontrando en la memoria, el trabajo y la comunidad su forma de perdurar.
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