La noche del 7 de septiembre de 1996 cambió para siempre la historia de la música tropical argentina. Gilda, que todavía luchaba por consolidarse fuera del circuito de la bailanta, murió en un accidente de tránsito cuando el micro en el que viajaba junto a parte de su familia y su banda fue embestido de frente por un camión en la Ruta Nacional 12, en Entre Ríos. Tenía 34 años.
Hasta entonces, Miriam Alejandra Bianchi —el verdadero nombre de la artista— había construido una carrera a fuerza de perseverancia. Su voz dulce, su imagen alejada de los estereotipos de la época y unas letras que hablaban de mujeres que se alejaban de relaciones dañinas la habían convertido en una figura diferente dentro de la movida tropical. Sin embargo, no había alcanzado a conocer la dimensión de la popularidad que tendría después de su muerte.
El accidente ocurrió cerca de las siete de la tarde, a la altura del kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12. Gilda viajaba rumbo a Chajarí, donde tenía previsto presentarse junto a su grupo. En el vehículo también estaban sus hijos, Mariel y Fabricio; su madre, Isabel “Tita” Scioli; músicos y colaboradores de la banda.
El camión de carga, de origen brasileño, se desvió hacia la mano contraria luego de morder la banquina y terminó impactando de frente contra el micro. El choque fue devastador. Murieron Gilda, su hija Mariel, su madre, el chofer del vehículo y tres integrantes de la banda: Enrique “Quique” Tolosa, Gustavo Balbini y Raúl Larrosa.
Fabricio, que tenía ocho años, sobrevivió. También lo hizo Juan Carlos “Toti” Giménez, productor, descubridor de Gilda y pareja de la cantante en aquel momento.
Los sobrevivientes quedaron atrapados entre los restos del micro. Daniel de la Cruz, trompetista de la banda, recordó el silencio que siguió al impacto y que rápidamente fue reemplazado por los gritos y el llanto. La parte delantera del vehículo había quedado completamente destruida.
Mientras los heridos eran trasladados a centros asistenciales de la zona, el camionero Renato Sant’Ana protagonizó una escena que quedó registrada en los testimonios posteriores al accidente: internado luego del choque, gritaba que quería que le llevaran una pizza. Casi cuatro años después, fue condenado a dos años y ocho meses de prisión en suspenso y a siete años de inhabilitación para conducir.
La tragedia se produjo apenas unas horas después de una presentación televisiva. Gilda había estado en los estudios de América, donde interpretó “Fuiste” y “Paisaje”, entre otras canciones. Vestida de blanco, sonriente y acompañada por sus músicos, parecía estar atravesando uno de los momentos de mayor crecimiento de su carrera.
El éxito de “Corazón valiente”, editado en 1995, había llevado a la cantante a multiplicar sus presentaciones. El álbum incluía canciones que con el tiempo se convertirían en clásicos populares, como “Fuiste”, “Ámame suavecito”, “Paisaje” y “Corazón valiente”.
La demanda por verla en vivo creció rápidamente. La banda podía llegar a realizar hasta quince bailes por semana y, en uno de los momentos más intensos de aquella etapa, llegó a ofrecer 34 presentaciones en apenas tres noches.
Gilda mantenía una relación particular con su público. Se quedaba hasta firmar el último autógrafo, cantaba con la misma intensidad frente a una multitud que ante un salón casi vacío y aceptaba las muestras de afecto de sus seguidores. Con el tiempo, algunos comenzaron a atribuirle poderes de curación, algo que ella misma se encargaba de negar.
El ritmo de las giras, además, comenzó a afectar su salud. Sufría alergias, problemas en los riñones y lesiones en los pies que llegaban a sangrar. A pesar de eso, continuaba utilizando las botas que formaban parte de su imagen sobre el escenario.
El éxito artístico todavía no se traducía en una situación económica estable. Gilda soñaba con comprar una casa para vivir con sus hijos y había calculado que necesitaba cerca de 200.000 dólares. Según los testimonios de la época, todavía estaba lejos de alcanzar esa suma y había pensado incluso en abandonar la música si su situación no mejoraba.
Antes de convertirse en Gilda, Miriam había llevado una vida completamente diferente. Nació en 1961, en Villa Devoto, y desde adolescente tuvo responsabilidades familiares. Cuando su padre sufrió dos accidentes cerebrovasculares, ella comenzó a trabajar en la Dirección General de Rentas para ayudar económicamente a su familia.
Más tarde estudió para ser maestra jardinera y trabajó en un jardín de infantes junto a su madre, que era profesora de piano. A los 23 años se casó con Raúl Cagnin, con quien tuvo a sus dos hijos.
Su ingreso a la música se produjo casi por casualidad. En 1990 encontró un aviso en el diario en el que buscaban cantantes mujeres para una banda tropical. A pesar de la oposición familiar y de las dificultades que generaba su decisión en su matrimonio, decidió presentarse a la audición.
Allí conoció a Juan Carlos “Toti” Giménez, quien quedó sorprendido por su voz y su personalidad. Miriam aceptó la propuesta y comenzó una transformación que la llevaría a convertirse en Gilda.
El camino no fue sencillo. Para muchos productores de la época, no tenía el aspecto que esperaban de una cantante de cumbia. Era demasiado delgada, poco voluptuosa y tenía una voz demasiado melódica para los estándares de la bailanta. En un ambiente donde predominaban figuras como Lía Crucet y Gladys “La Bomba Tucumana”, Gilda apareció con una imagen diferente: morocha, de aspecto sencillo y con una voz que rápidamente se convirtió en su sello.
Eligió su nombre artístico inspirado en el personaje interpretado por Rita Hayworth en la película “Gilda” y comenzó a grabar discos. En 1992 publicó “De corazón a corazón”; al año siguiente llegó “La única”; en 1994, “Pasito a pasito con... Gilda”; y en 1995, “Corazón valiente”, el álbum que marcaría el punto más alto de su carrera hasta entonces.
También comenzó a involucrarse cada vez más en las letras. Muchas de sus canciones presentaban a mujeres capaces de poner límites y alejarse de relaciones que les hacían daño. En los escenarios, Gilda hablaba directamente con sus seguidoras y utilizaba sus canciones para transmitir mensajes de independencia y autoestima.
Después de su muerte, su figura adquirió una dimensión completamente diferente. Sus canciones comenzaron a trascender el circuito tropical y llegaron a fiestas, canchas, karaokes y celebraciones de todo tipo. Su historia también fue llevada al cine en 2016, cuando Natalia Oreiro interpretó a la cantante en una película dirigida por Lorena Muñoz.
Uno de los episodios que más contribuyó a alimentar la leyenda alrededor de Gilda fue la historia de “No es mi despedida”, canción que posteriormente se convirtió en uno de sus temas más reconocidos.
La canción fue grabada antes de su muerte y apareció en el álbum póstumo “Entre el cielo y la tierra”, publicado en 1997. Después de la tragedia comenzó a circular la versión de que una maqueta de la canción había sido encontrada entre los restos del accidente, como si se tratara de un mensaje dejado por Gilda antes de morir.
La historia, sin embargo, fue cuestionada por quienes estuvieron cerca de la cantante.
Reynaldo Lío, representante de Gilda, había contado que encontró el casete entre los restos del accidente. Según su relato, se trataba de una grabación preliminar de la canción, registrada por la artista apenas unas semanas antes.
Toti Giménez dio una versión completamente diferente. Aseguró que la cinta no había sido encontrada en la ruta, sino que estaba guardada en su casa de Buenos Aires. Otros músicos que sobrevivieron al accidente respaldaron esa explicación y señalaron que la historia del supuesto hallazgo había formado parte de una estrategia de marketing.
Más allá de la controversia, la canción terminó convirtiéndose en una pieza central de la leyenda de Gilda. Su letra, cargada de despedida y nostalgia, fue interpretada durante años como una especie de premonición.
Tres décadas después de aquella noche en la Ruta Nacional 12, Gilda continúa formando parte de la cultura popular argentina. Su muerte terminó de transformar a una cantante que todavía buscaba estabilidad económica en un símbolo de la música tropical. Sus canciones sobrevivieron a la tragedia y, generación tras generación, siguieron encontrando nuevas voces para cantarlas.
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