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Llegar a los 50 años no significa perder la capacidad de ganar fuerza y masa muscular. Por el contrario, incorporar ejercicios de resistencia puede ayudar a mantener la movilidad, fortalecer los huesos y conservar la independencia durante el envejecimiento.

La pérdida de masa muscular comienza de manera progresiva alrededor de los 30 años y suele acelerarse después de los 60. Por eso, incorporar entrenamiento con pesas durante la quinta década puede contribuir a reducir los efectos del deterioro muscular y favorecer una mejor calidad de vida.

Una investigación publicada en junio de 2026 en el British Journal of Sports Medicine, que siguió a más de 147.000 adultos durante períodos de hasta 30 años, encontró una asociación entre realizar entre 90 y 119 minutos semanales de entrenamiento de fuerza y un menor riesgo de mortalidad.

Según los resultados, quienes realizaban esa cantidad de actividad presentaban un 13% menos de riesgo de muerte por cualquier causa, un 19% menos de mortalidad cardiovascular y un 27% menos de mortalidad relacionada con enfermedades neurológicas respecto de quienes no realizaban ejercicios de fuerza.

El entrenamiento de resistencia genera pequeños daños en las fibras musculares que posteriormente son reparados por el organismo. Este proceso permite que el tejido se adapte y gane fuerza cuando el estímulo se mantiene de manera progresiva.

Uno de los principales objetivos es combatir la sarcopenia, caracterizada por la pérdida de masa, fuerza y función muscular asociada al envejecimiento. Conservar una buena reserva muscular puede facilitar tareas cotidianas como levantarse de una silla, subir escaleras, cargar objetos o caminar.

Las pesas también pueden beneficiar al sistema óseo. La carga mecánica producida durante los ejercicios de resistencia estimula procesos relacionados con la formación y conservación del tejido óseo, algo especialmente importante cuando aumenta el riesgo de osteoporosis.

Un metaanálisis publicado en 2025, que reunió 17 estudios y cerca de 700 mujeres posmenopáusicas, encontró mejoras significativas en la densidad mineral ósea de la columna lumbar, el cuello femoral y la cadera entre quienes realizaron entrenamiento de resistencia.

Otro de los beneficios aparece en el equilibrio y la coordinación. El trabajo de piernas, caderas, tobillos y zona abdominal fortalece los músculos encargados de estabilizar el cuerpo y puede mejorar la propiocepción, es decir, la capacidad de reconocer la posición del cuerpo en el espacio.

Estas adaptaciones pueden ayudar a disminuir el riesgo de caídas, una de las principales causas de pérdida de autonomía entre los adultos mayores.

Los efectos tampoco se limitan al sistema muscular y óseo. Diferentes investigaciones encontraron asociaciones entre el entrenamiento de fuerza y determinados aspectos de la función cognitiva. Además, revisiones científicas realizadas en personas de 60 años o más relacionaron las rutinas de resistencia con una reducción de los síntomas depresivos.

Desde el punto de vista metabólico, mantener o aumentar la masa muscular puede favorecer la sensibilidad a la insulina y colaborar en el control de la glucosa. También puede contribuir al mantenimiento del peso cuando se combina con una alimentación adecuada y actividad física regular.

Para quienes comienzan después de los 50, una alternativa es realizar dos sesiones semanales y aumentar progresivamente la frecuencia de acuerdo con la evolución individual. Al principio, la prioridad debe estar puesta en aprender correctamente los movimientos y mantener una buena técnica antes de incrementar las cargas.

La cantidad de peso debe adaptarse a las condiciones y experiencia de cada persona. Un aumento gradual permite que músculos, articulaciones y otros tejidos se acostumbren al esfuerzo.

Antes de iniciar un programa de entrenamiento, especialmente en personas que llevan mucho tiempo inactivas o presentan lesiones, dolores o enfermedades previas, es recomendable consultar con un profesional de la salud.

El acompañamiento de un entrenador capacitado también puede ayudar a seleccionar los ejercicios, ajustar las cargas y evitar movimientos incorrectos.

Comenzar a entrenar después de los 50 no implica intentar recuperar de inmediato la condición física de décadas anteriores. El objetivo es desarrollar fuerza de manera progresiva y utilizarla como una herramienta para conservar movilidad, estabilidad y autonomía a lo largo del envejecimiento.

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