La misa por el primer aniversario de la muerte del Papa Francisco en la Basílica de Luján volvió a dejar al descubierto las tensiones internas dentro del Gobierno nacional, con la ausencia de la vicepresidenta Victoria Villarruel en un acto donde estaba prevista su participación.
Si bien había confirmado su presencia como máxima autoridad —ante el viaje de Javier Milei a Israel—, Villarruel decidió no asistir al enterarse de que, por protocolo, debía ubicarse junto a funcionarios del Ejecutivo, entre ellos el vocero Manuel Adorni.
Más tarde, la propia vicepresidenta explicó su postura al considerar que el acto “se había politizado” y cuestionó la presencia de dirigentes a los que calificó como parte de “la casta”.
En el interior de la basílica, la primera fila fue ocupada por funcionarios nacionales como Adorni, el titular de Diputados Martín Menem y el presidente provisional del Senado Bartolomé Abdala, junto a ministros y legisladores del oficialismo.
En paralelo, en otro sector del templo, el gobernador Axel Kicillof encabezó una delegación bonaerense junto a dirigentes del peronismo, marcando una clara división política dentro del acto.
El clima de distancia quedó en evidencia durante la ceremonia: funcionarios nacionales y provinciales evitaron el tradicional “saludo de la paz”, limitándose a interactuar solo entre sus propios espacios.
La homilía estuvo a cargo del arzobispo Marcelo Colombo, quien llamó a superar la confrontación y la violencia en el discurso público, en un mensaje que tuvo fuerte contenido social y político.
El homenaje, que reunió a dirigentes de distintos sectores, volvió a mostrar que, incluso en un acto religioso, la grieta política sigue marcando la escena nacional.
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