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Robin Williams fue una de las figuras más queridas de Hollywood y uno de los artistas con mayor capacidad para improvisar y transformar el humor en emoción. Sin embargo, detrás de su energía sobre el escenario también atravesó durante años problemas personales y de salud que marcaron sus últimos años.

El 11 de agosto de 2014, Williams fue encontrado muerto en su casa de Tiburon, California. Tenía 63 años. Las primeras investigaciones señalaron un suicidio y su muerte provocó una enorme conmoción en todo el mundo.

Su esposa, Susan Schneider, pidió entonces que el recuerdo del actor no quedara reducido a las circunstancias de su muerte, sino que se destacara la alegría que había brindado a millones de personas durante más de cuatro décadas de carrera.

En los meses posteriores se conoció un dato que modificó la comprensión de sus últimos meses. Los estudios realizados después de su fallecimiento determinaron que padecía demencia con cuerpos de Lewy, una enfermedad neurodegenerativa que puede afectar el pensamiento, el comportamiento, el movimiento y la percepción.

Antes de morir, Williams había comenzado a experimentar importantes cambios en su estado físico y mental. Según su entorno, llegó a expresar que ya no se reconocía a sí mismo y que no entendía qué estaba ocurriendo.

La enfermedad se sumó a otras dificultades que había enfrentado durante su vida, entre ellas problemas relacionados con el consumo de alcohol y drogas y períodos de depresión. Para quienes lo conocían, la transformación de un hombre caracterizado por su energía y espontaneidad resultó especialmente dolorosa.

Robin McLaurin Williams nació el 21 de julio de 1951 en Chicago. Durante su infancia fue un joven introvertido, pero encontró en la actuación una manera de expresarse y superar su timidez.

Después de estudiar brevemente Ciencias Políticas, decidió dedicarse al teatro. En 1973 ingresó a la prestigiosa Juilliard School de Nueva York, donde compartió formación y amistad con Christopher Reeve. Allí comenzó a desarrollar una de las características que definirían toda su carrera: una capacidad extraordinaria para improvisar.

A mediados de los años 70 comenzó a presentarse en clubes de comedia de California. Su gran oportunidad llegó en 1978, cuando interpretó al extraterrestre Mork en Happy Days. El personaje tuvo tanta repercusión que ese mismo año protagonizó Mork & Mindy, serie que lo convirtió en una estrella internacional.

Williams construyó desde entonces una carrera que combinó televisión, comedia y cine. Su velocidad verbal, sus imitaciones, sus cambios de voz y su capacidad para crear personajes espontáneamente se convirtieron en su sello personal.

Con el paso de los años también demostró una notable capacidad dramática y protagonizó películas que quedaron en la memoria del público. Su talento le permitió interpretar tanto personajes desbordantes de humor como historias marcadas por la sensibilidad, la pérdida y la condición humana.

Su muerte dejó una profunda huella entre colegas y espectadores. Durante los homenajes posteriores, numerosos amigos destacaron no solo su talento, sino también su generosidad y su capacidad para hacer sentir acompañadas a otras personas.

Robin Williams murió en medio de una batalla personal que durante mucho tiempo permaneció parcialmente oculta. Con el conocimiento posterior de su enfermedad neurodegenerativa, sus últimos años adquirieron una dimensión todavía más compleja.

A más de una década de su muerte, su legado permanece en las películas, personajes y momentos de humor que dejó para varias generaciones. El hombre que convirtió la improvisación en una forma de arte terminó siendo recordado, sobre todo, por aquello que había conseguido durante toda su carrera: hacer reír, emocionar y acompañar a millones de personas.

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