Ayer, uno de los mejores jugadores de la historia —si no el mejor— de la Selección Argentina disputó su partido despedida. También fue, la despedida de Nicolás Otamendi, que además tuvo el premio de marcar un gol.
El rival fue Benín, un país africano que probablemente pocos conocíamos de nombre y que otros tantos tuvimos que googlear para ubicarlo en el mapa. Sin embargo, durante los primeros 45 minutos supo contener de manera bastante satisfactoria los ataques del seleccionado nacional. Quizás por la emoción del momento, quizás porque Argentina no terminó de encontrar los espacios.
Messi rompiendo líneas. Julián encarando. Los pases de Enzo Fernández. El buen ingreso de Nico Paz. Hubo momentos de buen fútbol, pero el partido dejó también la sensación de que, para un espectáculo de semejante magnitud, quizás hacía falta un rival de mayor jerarquía.
Pero el eje de la cuestión no estuvo en el partido.
Estuvo después.
Porque si algo debía estar a la altura de la historia de Lionel Messi era su despedida. Y ahí fue donde comenzaron las dudas.
Primero apareció La Sole, cantándole de frente a Leo. Y la incomodidad del 10 fue casi más elocuente que cualquier palabra: amagó cinco o seis veces con meter las manos en los bolsillos, sin saber demasiado qué hacer ni cómo ubicarse frente a una situación que, evidentemente, lo descolocaba. Tan incómoda fue la escena que, irónicamente, hasta un integrante de seguridad terminó desmayándose.
Y después llegó la frutilla del postre: el show de drones.
Lo que debía ser un momento emotivo, pensado para homenajear al capitán de la Selección Argentina, comenzó con algo que parecía salido de un intervalo publicitario: la aparición de la publicidad de Sancor Seguros.
Sí. En plena despedida de Messi.
La escena fue tan extraña que hasta los propios jugadores parecían no entender demasiado qué estaba sucediendo. En las caras se podía percibir cierta sorpresa y, por momentos, hasta incomodidad.
Y entonces ocurrió otro detalle que terminó de resumirlo todo.
Cuando alguien de la producción pareció hacerle un gesto a Messi indicándole que aquello todavía no había terminado, Leo respondió con un gesto inequívoco: “ya está”. Y tomó el micrófono.
Ahí, sin drones, sin publicidad y sin una puesta en escena que intentara fabricar emoción, apareció el verdadero protagonista de la noche.
Messi habló con su gente. Agradeció. Se refirió a la Selección. Y, de alguna manera, volvió a hacer lo que tantas veces hizo durante estos años: poner el foco en la camiseta, en sus compañeros y en la gente.
También aprovechó para despejar dudas sobre la gran final y sobre todas las teorías que circulaba, "En la final con españa no pasa nada raro como se dice, el partido con inglaterra fue un desgaste muy grande emocional, fisico y llegamos con lo justo", concluyó.
Y quizás esa haya sido la mayor ironía de la noche.
La organización intentó construir un momento histórico con luces, música, drones y publicidad. Pero terminó siendo el propio Messi, con un micrófono en la mano y hablando espontáneamente, quien consiguió darle verdadero sentido a su despedida.
La despedida no estuvo a la altura.
Pero el legado sí.
Gracias, Leo. Gracias, Selección.
Y que quede claro, hoy y siempre:
LAS MALVINAS SON ARGENTINAS.
Por: Cato Ponce
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